Arte Asirio: Los Toros Alados

Continuamos nuestro recorrido por el arte mesopotámico, esta vez de la mano de los Asirios y de una de sus representaciones más características. Los Toros Alados o “Lamasu”.

Los Asirios eran un pueblo situado algo más al norte dentro de la llanura  mesopotámica que, hacia el año 1000 a.C dominaron toda la región, llegando incluso a lugares tan lejanos como Egipto o la península de Anatolia.

Mapa Imperio Asirio. By Ennomus - Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=139241384

Los asirios fueron un pueblo guerrero, temible y conquistador. Dentro de sus representaciones artísticas, las esculturas fueron las más desarrolladas. Su arte tenía una función fundamentalmente propagandística. Pretendían realzar la figura del monarca, al cual se representaba en la guerra o cazando. La representación de animales tuvo también una gran importancia y es donde se alcanzó un mayor realismo.

Los Toros Alados o Lamasu eran figuras con cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza humana. Estaban tocadas con cascos de cuernos, símbolo de la divinidad. Estas figuras eran genios protectores que se colocaban, habitualmente, en las entradas de las salas más importantes de los palacios.

Uno de los ejemplos más reconocibles de estas figuras, son los Lamsu del templo de Jorsabad (721-705 a.C.). Jorsabad fue una ciudad de nueva creación fundada por el rey asirio Sargón II. Sus ruinas fueron descubiertas por unos arqueólogos franceses a mediados del siglo XIX y entre ellas se encontraron estos toros alados, en parte bajo relieve y en parte escultura de bulto redondo.

Lamasu de Jorsabad. By Andrew Tutt, Shedu - Photograph Taken by Me, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8948536

Podemos ver como las figuras están representadas a la vez de frente y de perfil, por lo que tienen cinco patas en lugar de cuatro. Las alas están colocadas hacia atrás en posición horizontal y la cabeza humana porta melena, barbas y el mencionado tocado con cuernos que lo vincula con la divinidad. Esta apariencia monstruosa, combinada con su imponente altura de más de 3 metros, debía de ejercer un efecto temible en aquellos que los contemplaban.

Estos seres híbridos sintetizan las características del hombre y los animales que lo conforman. Son poderosos y temibles, como querían mostrarse a sí mismos los asirios. También han sido identificados como una figura de transición a los dioses antropomorfos. Para finalizar y, no menos importante, su presencia nos habla de las fuertes raíces mágicas de la religión mesopotámica.


Bibliografía

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  2. Bendala, M. (1999). El arte del próximo oriente. En Ramírez, J. A., & Cedillo, A. G. (eds.) Historia del arte. El mundo antiguo. Alianza Editorial. Madrid.
  3. Bravo, G. (1994). Historia del Mundo Antiguo. Una introducción crítica (8º ed). Madrid: Alianza Editorial.

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